Tras la caída de la dinastía Qing en 1911, China se encuentra ante un punto de inflexión histórico: mientras Chiang Kai-shek lucha por la abolición de las concesiones extranjeras y el restablecimiento de la soberanía nacional, la República de China, corrupta y brutal, pronto es derrotada por la guerra civil de Mao Zedong, quien a su vez intenta moldear la China moderna. Un pulso que continuó mucho después de su muerte.